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Hola soy Rob

  • Robert Comstock
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Acerca de mí

Yo soy un padre solo cuya mayor bendición y gozo más grande es el amor y la amistad que comparto con mis dos hijos, de 11 y de 15 años de edad. Me relaciono con personas talentosas e interesantes en una industria que marca la pauta de la moda. Mi trabajo, aunque raras veces lo menciono, requiere creatividad y equilibrio logístico que suponen grandes retos, pero que a la vez es igualmente satisfactorio para mi naturaleza competitiva. Me siento rejuvenecido por naturaleza, y tengo la singular oportunidad de participar en expediciones y labores de conservación alrededor del mundo.

Por qué soy mormón(a)

Principalmente, veo mi relación con la “familia humana” y los elementos comunes que nos unen. He observado que en cualquier corriente del pensamiento, hay algunas personas que tienen la necesidad de creer que están en lo correcto, mientras que los demás están en error. No creo que nuestro propósito sea el estar en lo correcto o en error; es mucho más importante aprender a sacrificar nuestra propia voluntad a la de un amoroso y misericordioso Creador y, al hacerlo, encontrar la fortaleza y la habilidad de amar a los demás como a nosotros mismos. Una creencia relacionada con el mormonismo que resuena en mi interior, es la de una Trinidad que consiste en tres personajes distintos pero que son uno en propósito, cuyo consejo se transmite a través de un profeta viviente y doce apóstoles. Aunque no soy capaz de comprender la majestuosidad de la naturaleza de Dios, lo considero un Padre muy real y eterno cuyo don más grande para mí, personalmente, aparte de mi existencia, es el poder tomar mis propias decisiones eternas con la guía del ejemplo perfecto y del sacrificio de Su hijo: el Salvador Jesucristo. La revelación actual brinda claridad a la importancia de mi vida y me ayuda a entender mi relación personal con Dios. De gran importancia es la conexión restaurada entre un Salvador sensible que predicó Su evangelio y estableció Su iglesia en el meridiano de los tiempos, con una organización actual que cuenta con el apoyo del mismo Dios resucitado. Esa sublime condescendencia, mediante la cual el Redentor tomó sobre Sí las debilidades de un cuerpo mortal a fin de obtener una perfecta empatía con nuestros desafíos físicos, proporciona una brújula celestial para guiar mis decisiones. Desde ni niñez se me enseñó que podía acudir a Dios directamente, al igual que lo hizo un joven que se llamaba José Smith en 1820. Creo que ese joven de verdad conversó con Dios y con Su Hijo, y que su oración, al igual que las de otros profetas que lo antecedieron, fue contestada. El resultado, casi dos mil años más tarde, es una restauración viviente y vigente de lo original. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no es una iglesia para los mormones; más bien, es una organización que se restauró para todo hombre, mujer y niño, quienes tienen la esperanza de tener la intercesión directa y celestial de las bendiciones del sacerdocio, la guía de las leyes divinas, y la clara comunicación mediante la revelación constante. Algo que me brinda un consuelo en particular, es que se puede obtener un testimonio espiritual de esas verdades si uno ora con sinceridad y si estudia detenidamente el Libro de Mormón, el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, y las revelaciones que se han dado en nuestros días.

Historias personales

¿De qué manera podemos desarrollar mayor armonía en nuestro hogar?

La armonía empieza con uno mismo, después se irradia a las personas y finalmente al grupo. Al apartar tiempo personal y dedicarlo a la meditación y la reflexión de lo que más deseamos para nosotros y nuestras familias equivale a la armonía en el hogar; ese tipo de inversión produce un medio y una perspectiva útiles en tiempos difíciles. En un hogar se necesitan reglas, y si se transmiten claramente y se administran de manera justa y sistemática, la familia tendrá un puerto seguro de las influencias externas indeseables. Mi padre poseía una rara virtud la cual le sirvió particularmente bien al afrontar momentos difíciles; en vez de imponer sus ideas subjetivas u opiniones anteriores, primeramente percibía las de los demás. Cuando pongo ese tipo de esfuerzo y me coloco en el lugar de mi hijo, no me centro en mí mismo ni busco afrentas personales, más bien, me es posible tratar las situaciones de manera más objetiva y para el beneficio de la familia. El tiempo personal y la motivación positiva que un padre da a cada uno de sus hijos promueve la autoestima y transmite el sentimiento de que el hijo es importante. A fin de adaptarnos a los cambios constantes de mi familia, me he dado cuenta de que el llevar a cabo consejos individuales y familiares con mis hijos es de suma importancia para nuestra comunicación y bienestar en general; es una experiencia particularmente satisfactoria a nivel personal. En esas reuniones de consejo, se debe llegar a un acuerdo en cuanto a la estructura para que cada uno de nosotros exprese sus pensamientos y preocupaciones sin temor a represalias. Es posible que no siempre se logre un resultado armonioso de inmediato, pero si se repite el proceso y se le presta la debida atención, la familia empezará a comunicarse y, con el tiempo, reinará un ambiente más pacífico y amoroso.

La manera en que vivo mi fe

Mi fe procede de un sentimiento innato de ser parte de algo, lo cual me inculcaron padres amorosos y consejeros generosos; lo vivo por mí mismo, pero esa decisión la realza la gran responsabilidad que siento por mis hijos; se fortalece mediante la bondad natural que se manifiesta en las culturas y los grupos étnicos que he tenido el privilegio de conocer, y las generaciones que respetan lo que sus antepasados trataron de dejar atrás, y quienes se sacrifican a fin de asegurar lo mismo y aun más para sus descendientes. Muchas veces, los errores personales son mis mejores maestros y consejeros. A medida que voy madurando, mi fe se renueva con los constantes vaivenes de gozo y dificultades; esas experiencias me hacen pensar en las bendiciones actuales así como en las que previamente pasaron inadvertidas, y los nuevos desafíos se enfrentan con esperanza y con un deseo de juzgar menos, mientras me concentro en lo que puedo cambiar en mí mismo.