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Hola soy Nnamdi

  • Nnamdi Okonkwo
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Acerca de mí

Nací en Nigeria oriental, pero ahora vivo en Georgia, EE. UU. Soy un escultor de tiempo completo y me apasiona las esculturas monumentales que representan la nobleza del espíritu humano. Estoy casado y tengo tres hijos. Encuentro el mayor gozo en las cosas sencillas de la vida, tales como la música, la naturaleza, la familia, los amigos, el arte y en compartir ese gozo con otras personas.

Por qué soy mormón(a)

Una serie de acontecimientos milagrosos me pusieron en contacto con La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. En mi país natal, Nigeria, muchas veces pedí a Dios en fervorosa oración, que me ayudara a cumplir mi sueño de ir a los Estados Unidos. Lamentablemente, mis padres disponían de muy pocos medios económicos, y mi padre falleció cuando yo tenía sólo doce años, quedando mi madre, dejando a mi madre que era maestra a cargo de mis dos hermanos y de mí. Además, todo el mundo que yo conocía tenía ese mismo sueño, por lo que era extremadamente difícil para cualquier persona recibir una visa. Solíamos decir “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que obtener un visado para ir a los Estados Unidos”. Entonces, crecí hasta medir 2,03 m, y a causa de mi estatura, llegué al baloncesto. Aunque los demás me desalentaban debido a mi comienzo tardío, porque empecé a jugar a la edad de 17 años, persistí con confianza, porque veía en el baloncesto una vía para venir a los Estados Unidos. A raíz de todas estas dificultades, me di cuenta de que se requeriría un milagro para poder alcanzar mis sueños. En ese entonces, pensé en términos de milagros, porque mi madre nos había enseñado a orar; y a través de mis modestos esfuerzos con la oración, había recibido un testimonio de que Dios contestaba las oraciones. Sabiendo esto y dándome cuenta de que no podía contar con ningún tipo de recursos terrenales, confié sólo en Dios. Mis oraciones y esfuerzos, al principio, no parecían producir los resultados deseados. Pero entonces, se me ocurrió, que para tener una mayor seguridad de poder contar con la ayuda de Dios, debía cambiar mi forma de pensar para estar más acorde con los propósitos de Dios. Sentí que la manera de lograr esto, era deseando y orando sinceramente que fuera guiado a un lugar donde yo no sólo jugaría al baloncesto, sino que también aprendería y crecería en el conocimiento de Él. Esto me gustó mucho, y creyendo que este deseo sincero de crecer espiritualmente agradaría también a Dios, mi fe en que Él contestaría mi oración se hizo más fuerte. Poco después, recibí una carta de la Universidad Brigham Young en Hawái, que parecía haber salido de la nada, expresando su interés en reclutarme para jugar baloncesto, y sentí que esta carta era una respuesta directa a mis oraciones. Fue más tarde, cerca de un año después de haber llegado a Hawái, que me enteré un amigo de mi amigo fue quien había hablado con el entrenador de baloncesto de BYU a mi favor. Con el tiempo, recibí los formularios necesarios de BYU para conseguir un visado de la embajada de los Estados Unidos. Aunque los formularios llegaron tarde y habían caducado; para mostrar mi fe, sentí que me debía preparar como si estuviera seguro de conseguir una visa de todos modos. Comencé a hacer todos los preparativos necesarios, incluso comprar un boleto de avión para Hawái. Luego, fui a la Embajada con los documentos que habían caducado. Sentí consternación cuando fui rechazado, y además, pusieron un sello en mi pasaporte con una fecha. Esta fecha en el sello impedía que cualquier persona pudiera regresar a la embajada por seis meses luego de haber sido rechazada. Sin embargo, al salir de la embajada ese día, tenía un sentimiento de paz inusual; pensaba que me sentiría desolado pero no lo estaba. La confianza que todavía tenía, provenía de las oraciones; hecho que desconcertó a mis amigos que pensaban que estaba loco por creer que aún podría obtener una visa con mi pasaporte sellado y los documentos caducados. Unos días más tarde, decidí ir a otra sede de la embajada, ubicada a unos 640 kilómetros de mi casa. Inspirado por el relato de Lot en el Antiguo Testamento de cómo Dios cegó a los hombres de Sodoma y Gomorra, comencé a orar pidiendo que los funcionarios en esta embajada distante no vieran el sello en mi pasaporte, ni notaran las fechas caducadas en mis documentos. Al mirar en retrospectiva, recuerdo que los días siguientes fueron muy difíciles, pero de ello aprendí que es muy arduo el camino que conduce a la realización de algunos de nuestros deseos más preciados. Mis oraciones fueron contestadas ese día, el 17 de enero de 1989, y milagrosamente recibí mi visado para viajar a los Estados Unidos. El significado de lo que Dios hizo por mí entonces continúa creciendo hasta el día de hoy; así que, cuando mi fe flaquea, me remonto a esa experiencia para recibir fortaleza y la seguridad de que hay un Dios que contesta las oraciones sinceras de Sus hijos. En este contexto, y aunado a los brillantes ejemplos de los buenos amigos que hice en esos primeros meses en Hawái, y que eran miembros de la Iglesia, fue más fácil para mí tomar en serio el desafío que los misioneros de la Iglesia me extendieron de estudiar el Libro de Mormón y luego preguntarle a Dios si su mensaje era de Él o no. Lo hice y recibí mi respuesta, y tomé la decisión de unirme a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Como nota al margen, me gustaría decir yo no hubiera podido comprar el billete de avión a Hawái, sin la ayuda de mi hermano menor, Onyebuchi, que trabajó arduamente. Lamentablemente, él falleció once meses después de mi llegada a Hawái. Fue muy difícil para mí aceptar su muerte, pero Dios lo sabe todo y permite que las cosas sucedan para un propósito especial en Él.

La manera en que vivo mi fe

He tenido muchas oportunidades de servir en la Iglesia. A pesar de que en muchos casos me he quedado corto, yo siempre he procurado dar lo mejor de mí, porque tengo una firme convicción de que no es el hombre a quien sirvo, sino a Dios mismo. Mi filosofía espiritual es que debo mostrar mi fe y expresarla en todo lo que hago, especialmente en mis tratos con los demás. También sé que una de las formas más importantes en que puedo vivir mi religión es por medio de mis acciones. He sido bendecido con un talento para el arte, y creo firmemente que mis convicciones espirituales también se expresarán en y a través de ese talento.